lunes, 4 de julio de 2016

Jueves 30 de junio: El relato de los hermanos Liacoplo

  • por Exequiel Arias para el Diario del Juicio
PH Elena Nicolay


Juan Eduardo Liacoplo tenía aproximadamente 24 años cuando fue secuestrado por fuerzas militares. Recuerda el sospechoso allanamiento que se realizó en su domicilio: fuerzas uniformadas irrumpieron en su casa situada en Italia 239 en la cual vivía junto a su esposa, su bebé recién nacido, su madre y su hermano. “Yo no estaba en ese momento, estaba mi señora, María Josefa Galante. Luego llegaron mi madre y mi hermano”, relata ante el Tribunal Oral Federal que juzga a 19 acusados por delitos de lesa humanidad (torturas, violaciones, secuestros y asesinatos) durante el Operativo Independencia, en Tucumán.

Su hermano, Roberto Jorge Liacoplo (el “Negro”), completa con exactitud el relato de Juan. “Nuestra pesadilla empieza el cinco de febrero de 1975: cerca de las 10.30 de la mañana, llega a nuestra casa una fuerza de tareas compuesta por personal del ejército argentino y por personal de la policía”. Recuerda que fue un allanamiento exhaustivo, de dos horas, y que le preguntaron por su hermano.  Juan Eduardo estaba en el trabajo, por lo que el teniente a cargo le deja una citación para que se presente en el ingenio de Lules.

Un año atrás, hacia finales de 1974, se había instalado  en el casco del ex Ingenio  Lules una base de operaciones militares que también funcionaba como centro clandestino de detención.  Allí funcionaba la Compañía Cóndor, con base en Tupungato, Mendoza y que tenía al mando al teniente coronel Pelagatti. “Él monitoreaba los allanamientos, las detenciones y los secuestros – relata Roberto – era el terror de Lules”.
La detención de Juan Eduardo

Cuando “Lalo” regresó de trabajar, unas horas más tarde, su familia lo puso al tanto de los eventos recientes. “Hablé con amigos de Lules, Titino Rodríguez y Chiche Boabunt para que me acompañen, como para no ir solo”, recuerda. Además, fue con su madre y su hermano. Ese mismo día se presentó en la base del Ingenio Lules para la citación y, para sorpresa de todos, fue detenido inmediatamente y sin una razón clara. Sólo les hicieron saber que iba a ser sometido a un interrogatorio y que saldría “dependiendo de lo que conteste”.

Acto seguido, Juan reseña con fluidez los hechos que le sucedieron a partir de su detención. “Me vendaron los ojos, me maniataron y me pusieron maneas en los pies. Las vendas tenían algodón por dentro, de tal manera que si uno pestañeaba le dolía, por lo que no le quedaba otra que mantener los ojos cerrados”. Por la noche llevaron a varios en un camión. Los tiraron “como bolsas”  uno encima del otro. Pronto se enteraría que de que dirigían a la Escuelita de Famaillá.

Al poco tiempo, se iniciaron los interrogatorios junto con terribles golpizas, sesiones de picana y distintos métodos de tortura varios al cual era sometido regularmente. “A veces me preguntaban cosas que no tenían nada que ver conmigo; sobre Montoneros, el ERP o quién había matado a Viola”.

Ante el pedido del fiscal para detalle esas sesiones de tortura, Juan sonríe y responde con una reflexión que se funde en una dolorosa acusación: “Mire amigo, lo que más me dolía no era la tortura, sino la cobardía y el ensañamiento que tenían con la gente indefensa. Lo que persiste no es el dolor físico, sino el dolor moral”.

Juan retoma su declaración, y recuerda que ponían música fuerte para que no se escucharan los “interrogatorios” en las habitaciones contiguas. “Una vez escuché la misa criolla mientras torturaban a alguien”, dice. También recuerda que un día fue alguien que parecía un cura (aunque jamás dio misa), que les aconsejaba que confiesen “porque estaban en Semana Santa”.

Juan no pudo reconocer a otros detenidos: “No podía ver a nadie por las vendas en los ojos. Luego me enteré de que mi hermano estaba en el mismo lugar”.


El secuestro de Roberto Jorge

Al “Negro” lo secuestraron de su casa el 9 de febrero de 1975 a las dos de la madrugada.  Recuerda que fuerzas uniformadas de la policía federal apuntaron a su madre con una Ithaca cuando fue a atender la puerta. Le estaban preguntando por un familiar, por Elías Liacoplo, cuando Roberto salió de su habitación en camiseta y calzoncillos para saber qué pasaba. “Vos, vení con nosotros”, fue la respuesta de sus captores.

Inmediatamente lo introdujeron en un auto particular. Al igual que a su hermano, le vendaron los ojos y lo ataron. “No te hagas estropear al vicio y cantá lo que sabés”, me decían. Luego de viajar por un rato, el auto se detuvo en inmediaciones de la Escuela Diego de Rojas.

Roberto fue obligado a bajar del coche y, a punta de bayoneta, fue hasta el interior de (lo que él cree) era una habitación de baño. Como aviso de arribo a destino, recibió un culatazo en el hombro que lo derribó al piso. Esa misma noche, al Negro le aplicaron picana eléctrica en las axilas, genitales, encías y en los riñones. “Me preguntaban a qué célula subversiva pertenecía yo y quienes nos proporcionaban el dinero para - según ellos- delinquir”, dice.

Las fuerzas de tareas rotaban, lo que significa que se abrían nuevos interrogatorios todo el tiempo y por lo tanto, nuevas sesiones de tortura, explica al tribunal. Cuenta que una vez cree haber oído un nacimiento en cautiverio; recuerda el llanto de una mujer y el gemido de un bebé. También conserva en su memoria intacto el sonido de una ráfaga de ametralladora seguido de tres disparos, y dice que no duda que así consumaron una ejecución muy cerca de donde él estaba.

Al tiempo de su llegada a la Escuela de Famaillá, uno de los oficiales le dijo que su hermano estaba sentado a su lado.  Roberto le tocó la pierna y le preguntó si era él. No podía verlo; seguía con los ojos vendados. Sollozó al reconocerlo. “Estoy bien, vos quedate tranquilo que ya vamos a volver a casa”, respondió su hermano.

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La liberación de los hermanos Liacoplo se produjo a mediados de mayo de 1975. Previamente, les hicieron firmar un papel en el que afirmaban que habían estado en una dependencia del ejército argentino por “averiguación de antecedentes”, que habían sido bien tratados y que habían recibido alimentación, atención espiritual y médica.

Fueron liberados por una camioneta doble cabina de la policía, en un camino desierto, de noche y junto a cuatro o cinco personas más.  Juan comenta que se encontraron con un hombre que iba en bicicleta, que los llevó hasta una casa, donde fueron asistidos por una señora del lugar, quien les ofreció comida y agua para que se higienicen. Recuerda que se fueron de a dos, por las dudas,  ya que “el montón estaba prohibido”.

La versión de Roberto es un poco diferente, pero coincide en lo esencial: él recuerda que los dejaron en un camino vecinal y que les dieron dinero con el que comprar un bollo a una señora del lugar. Luego, como Juan, cuenta que pudieron llegar a la estación del ferrocarril, y tomaron el tren a Lules, desde donde pudieron volver a su casa.

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El relato de los secuestrados encuentra su contracara en el testimonio de aquellas otras víctimas que padecieron la súbita ausencia de sus seres queridos.  María Josefa Galante habla en nombre de su dolor y el de su fallecida suegra Rosa, junto a quien le tocó vivir los nefastos tres meses de la desaparición de Lalo y el Negro. Al igual que ellos, relata el allanamiento del cinco de febrero, la exhaustiva requisación de su hogar y la fijación de los invasores en elementos particulares, como un revólver antiguo o camisas verdes de su ropero.

Recuerda que con ayuda de Roberto forzaron la puerta de un mueble metálico que les llamó la atención y que pertenecía a Rosa. “Revisaron papel por papel. Encontraron un recorte de la muerte de Eva Perón, a lo que le dieron una gran importancia”.

Luego del secuestro de ambos hermanos, ella y su suegra se aventuraron a ir desde la policía de Lules y otras comisarías hasta el Juzgado Federal, buscando algún indicio de los hermanos. Ningún organismo oficial acreditó tener conocimiento de los allanamientos o de las detenciones.


El fin de los lazos solidarios

Cuando le toca relatar los hechos de la madrugada del 9 de febrero, María Josefa no puede contener las lágrimas: tras el secuestro de Roberto, su suegra cayó desmayada y ella corrió hacia el vecindario en busca de ayuda. Pero el barrio se encontraba en silencio, lo cual era poco común y demostraba el aislamiento que sufriría por mucho tiempo. “Los vecinos se cuidaban mucho, nos despintaron – solloza – la vida después no fue igual”.

Y sobre esto último, los hermanos Liacoplo tienen mucho para decir. “Después del cautiverio fue terrible. La gente tenía miedo al contacto con uno. Mi mamá me mantenía porque nadie me quería dar trabajo. Éramos parias en una sociedad que tenía miedo a comprometerse”, sentencia Roberto. Juan afirma que el clima social era de temor y se rompieron lazos sociales y de solidaridad barrial: “Todo el mundo vivía encerrado en sí mismo, ya no era ‘el pueblo’. No te podías juntar a jugar al fútbol, o a guitarrear, o a comer un asado; se hizo pelota la relación popular”.

Hasta el día de hoy, ambos hermanos conviven con secuelas físicas y psicológicas producto de los sucesos de esa época.-

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