domingo, 4 de septiembre de 2016

El desmantelamiento de la lucha obrera: las víctimas del Ingenio San Juan

  • por Ana Melnik para el Diario del Juicio
Ingenio San Juan
PH tomada del Portal Caña



Armando Neris Basualdo comenzó a trabajar en el Ingenio San Juan en 1957. Hacia 1975 era dirigente gremial del ingenio e integraba la comisión directiva de la FOTIA.
El 11 de marzo de 1975, a las 3 de la mañana, irrumpieron en su vivienda un grupo de policías de la federal. Ante el exabrupto de los uniformados, no pudo quedarse callado, relata al tribunal que empezó a preguntarles cuál era la razón por la que irrumpían así en su casa, sin respetar su hogar, su familia, su intimidad. Sin responderle, le ordenaron vestirse y lo encapucharon. Antes de que fuese conducido fuera de su casa, pudo pedirle a su esposa que buscase al Dr. Carlos Javier Aguirre, su abogado, y le contase lo que estaba pasando.

Para las fuerzas de seguridad, él definitivamente era un líder. Cuenta que muchas veces se sintió culpable, los trabajadores lo querían y lo seguían mucho, y muchos de ellos, que incluso no tenían una participación política tan comprometida, tuvieron que pagar las consecuencias por el simple hecho de apoyar las causas que defendía el sindicato, por asistir a las asambleas. Durante el tiempo que desempeñó su actividad gremial, los trabajadores, afirma, “defendíamos un derecho, que la fábrica siga moliendo”. El cierre del ingenio, tras la terrible crisis del sector azucarero de fines de los 60, era una gran posibilidad. Su lucha consistía, fundamentalmente, en intentar preservar su fuente de trabajo, “ese fue el único “error” que cometimos, si es que esa fue la razón por la que nos secuestraron”. Él mismo se entrevistó con Onganía, durante una visita de éste a Tucumán en pleno cierre masivo de los ingenios, reclamando ayuda para evitar el del San Juan. Finalmente, en el 72, los representantes del sindicato se reunieron con Lanusse en Salta, donde les informó el inminente traspaso del ingenio a manos de la administración estatal, mediante la creación de la CONASA (Compañía Nacional Azucarera S.A.). El ingenio sería administrado de ahí en más por un directorio. Posteriormente el San Juan vivió una situación más difícil, era el centro de operativos de las fuerzas armadas, desde donde intervenían los demás ingenios.

Tras ser secuestrado, fue trasladado en primera instancia a la Escuela de Educación Física, y luego a la “Escuelita” de Famaillá. Estaba esposado y vendado. Estuvo 5 días sin comer, pues no le permitían ir al baño ni higienizarse. Durante su detención fue sometido a crueles sesiones de torturas, “todos los días nos interrogaban y nos golpeaban”. Durante los interrogatorios le decían que él tenía que saber quién había matado a José María Paz, que diga dónde tenían escondidas las armas. El recuerdo del dolor y el sufrimiento lo abruma, “es horrible contar lo que vivíamos con la picana, no sé si ustedes han tenido la oportunidad de presenciar cuando se mata a un chancho, cómo grita, así gritábamos”. Las malas condiciones de higiene eran terribles, cuenta que tenía piojos y pulgas. Los integrantes de las fuerzas de seguridad no eran oriundos de Tucumán, sino del sur, recuerda que usaban apodos para tratarse entre sí –“puma”, “tigre”- y a los detenidos los identifican con números, él era el número 23. A pesar de la vigilancia constante, empezó a comunicarse con otros detenidos. “Cuando tuvimos conciencia de un destino, que no íbamos a regresar más a nuestras casas, con los muchachos empezamos a perder el miedo”, comenzaron a levantarse las vendas y a hablar entre ellos. De este modo reconoció a compañeros del ingenio, y compañeros y dirigentes de otros ingenios: menciona a Leandro Fote (“Gringo, te va a pasar lo mismo que a mí, estoy quebrado de una pierna” le dijo al reconocerlo), Juan Carlos Trejo, Juan de la Cruz, los hermanos Rocha, los hermanos Jiménez, José Antonio Gramajo. Cuenta que los captores les informaban cada vez que recibían la visita de un sacerdote, con el que podían confesarse, “no sé si era verdad o mentira, estábamos vendados, atados, cómo nos íbamos a confesar, me parecía ridículo, nunca lo acepté”. La idea de recibir asistencia espiritual, como ofrecimiento de los mismos torturadores, y en ese lugar, le parecía irrisoria.

El 26 de junio de 1875 fue liberado. Su aspecto físico era irreconocible, su familia quedó impactada al recibirlo. Tras la liberación se quedó sin trabajo y sin vivienda, fue despedido del ingenio y tuvo que dejar la casa en que vivía –ubicada en el barrio que era propiedad del mismo-. Tuvo que realizar todo tipo de pequeños trabajos para sobrevivir desde ese momento. Pero en el 77, ya en dictadura, volvió a ser perseguido. Una noche, mientras estaba junto a su familia en el velorio de una tía de su esposa, un grupo de tareas irrumpió en su casa, destrozando todo su mobiliario. “Tuvimos suerte que no nos encontraron, ese era el fin de nuestra familia”. Una vez en democracia, en el 87, volvió a trabajar para el por entonces Complejo Agroindustrial San Juan. Tras años de no querer recordar todo el sufrimiento que vivió junto a su familia, finalmente, en el 2006, decidió realizar la denuncia correspondiente por la detención ilegal a la que fue injustamente sometido. Afirma emocionado que la comunidad tiene que saber lo que pasó en el ingenio en los años 70, lo que vivieron sus trabajadores. Pide al tribunal justicia, una reparación por el daño que tuvieron que padecer.

Alfredo Benancio Rocha empieza a trabajar en el Ingenio San Juan en 1971. Varios integrantes de su familia eran trabajadores del ingenio: su abuelo, su padre, sus tíos maternos. Ingresa como aprendiz, luego se desempeña realizando diversos trabajos, que incluyen además tareas de mantenimiento. Trabajaba ahí todo el año, para entonces el ingenio formaba parte de la CONASA. Sus tíos tenían una participación gremial activa.

Luego de haber sufrido una tortuosa detención ilegal en el 75, Alfredo Benancio encuentra una posible causa que explique quizá el sometimiento que tuvo que padecer. Un reclamo, justo, por un derecho, pero que le costó caro. Le preguntó al administrador del Ingenio cómo era posible que las casas de los obreros –ubicadas en el barrio que pertenecía al ingenio- no estuvieran todavía revocadas, que no tuviesen contrapiso. Por qué el Ingenio no podía ceder bolsas de arena, de cal, para que los mismos trabajadores hiciesen los arreglos. Había trabajadores con 30 años de servicio –efectivizados recién tras décadas de trabajo-, obreros con sus familias, que se merecían una vivienda digna.

Una noche, policías de la federal irrumpieron en la casa familiar mientras dormían. Le ordenaron levantarse despacio de la cama, con las manos arriba. “Señora, le vamos a llevar a sus hijos”, le dijeron a su madre. No había orden de detención. Recuerda que tenían una hoja, con una lista de nombres. Junto a su hermano fueron trasladados en un carro de asalto, vendados y esposados, a la “Escuelita” de Famaillá. Allí fue interrogado, lo golpeaban con cachiporra, y luego le tiraban alcohol en las heridas. Le preguntaban cómo estaba compuesta su familia, sus nombres, sus actividades. Lo acusaban de ser colaborador de la guerrilla armada, de llevar al monte mercadería junto a Jesús “Pelusa” Abregú. De haber andado por los cerros, por Acheral. Que la moto que tenía se la habían dado para cumplir esa supuesta tarea de colaboración. Le mencionaban muchos nombres de personas que nunca había conocido.

Era difícil comunicarse con otros detenidos. En el aula había siempre un gendarme vigilándolos. Igualmente supo que uno de sus tíos estaba ahí, y otros compañeros del ingenio. En los interrogatorios les decían que les iban a dar 200.000 pesos si contaban todo lo que sabían. La amenaza era la tortura, “si vos no querés hablar, mañana va venir el verdugo y vas a hablar”. Eran visitados por un cura –o al menos así se presentaba esta persona-. Los impelía a confesar, a informar a los uniformados, “no te dejés pegar, no encubrás a nadie” le decía. “Pero si yo no sé nada padre” era su respuesta.

La detención duró aproximadamente un mes. Tras la liberación no pudo volver directamente a su casa, la familia estaba amenazada. Unos hombres vigilaban la casa desde un Ford Falcon durante toda la noche, y se iban al amanecer. Durmió en los cañaverales por lo menos 15 días luego de ser liberado. Tenía miedo de ser desaparecido, al igual que otros obreros cuyo paradero era desconocido para entonces, y que nunca volvieron. Alfredo Benancio se emociona al relatar el reencuentro con su familia, su voz se entrecorta y hace silencio. Tenía un aspecto totalmente demacrado, “¿Qué te han hecho hijo?” fue todo lo que su madre pudo pronunciar al verlo.


Juana María Romero es esposa de José Antonio Gramajo. Hacia el año 75, su esposo trabajaba como obrero en el Ingenio San Juan. El 3 de mayo, a las 3.30 de la mañana, un grupo de 6 hombres llegó a su casa para llevárselo. Cuenta que su habitación daba hacia la calle, que se despertó enceguecida por la luz de una linterna, y vio el arma con el que los apuntaban desde la ventana. Ante el ingreso del grupo de hombres a la vivienda alcanzó a sujetar a su hija recién nacida. Había un hombre que se destacaba de los demás, por estar vestido con traje y anteojos oscuros, “no se aflija que su marido va a volver” le dijo, cuando les preguntó a donde se lo llevaban. A José Antonio le vendaron los ojos con una mantilla de su hija y lo condujeron al camión en el cual habían llegado. Estuvo más de un mes detenido. El 5 de junio, a las 11.30 de la noche lo liberaron. Cuenta que al volver tenía hematomas en todo el cuerpo. Actualmente José Antonio tiene problemas de sordera y de visión. Tras sufrir la detención ilegal, abandonó su puesto de trabajo en el ingenio en el año 79.

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