miércoles, 22 de febrero de 2017

Reflexiones de un hombre pequeñito

Por Marcos Escobar para El Diario del Juicio
La historia de Maurice Jeger y su compañera Olga Cristina González merece un capítulo aparte en la reconstrucción de la memoria y de la verdad respecto al accionar represivo llevado a cabo por las fuerzas represivas durante el Operativo Independencia. Quizás todos las historias merecen un capítulo aparte. Cada rostro, cada nombre y cada foto apoyada contra un asiento en el Tribunal Oral Federal merece que nos detengamos.
Este relato en particular pone en primera plana el particular talento tucumano para encontrar (crear) coincidencias entre personas, relacionando gente y entremezclando vidas de maneras insólitas.
PH Elena Nicolay
Maurice llegó a la Argentina con 13 años, a fines de 1951. Su familia, de origen francés, escapaba de la miseria dejada en Europa, y de la tristeza de los familiares perdidos. La familia Jeger había sobrevivido a la Shoah, solo gracias a una serie de circunstancias afortunados. Por lo que decidieron emigrar a nuestro país, atraídxs por las hermanas de la madre, quienes ya se habían establecido algunos años antes.    
El primero de los hijos de Maurice, Pablo, relata con prodigiosa memoria los recuerdos que tenía de su padre, las averiguaciones que hizo después y una descomunal cantidad de datos reunidos después de años de investigación y militancia.
Su testimonio da cuenta la adolescencia de Maurice en Buenos Aires, y su posterior traslado a Tucumán, donde desarrolló varias profesiones. Estudio francés y ejerció como profesor, principalmente en la Alianza Francesa, donde también fue bibliotecario.
Su verdadera pasión y profesión fue la de ser librero, según su hijo. Tuvo durante algunos años una librería llamada “Best Seller”, junto a dos amigos. Luego tuvo otro local de venta de libros y discos en el edificio de La Gaceta. Diario para el cual cumplía la función de corrector de pruebas. Fue un amante de la literatura y de la música, reconocido en el ambiente de la cultura tucumana. Gran amigo de Eduardo Giambastiani, secuestrado un par de meses antes y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención (CCD) la Escuelita de Famaillá. “Giamba” se exilió en Francia y pudo declarar en este juicio, en una de las audiencias llevadas a cabo el año pasado.
Su compañera, Cristina, tenía 26 años, era estudiante de psicología y se turnaba junto con Maurice para atender el local en el edificio de La Gaceta. Vivían juntos en un departamento sobre la calle General Paz 1013, ella cursaba su cuarto mes de embarazo.
La pareja fue arrastrada fuera de su casa por la fuerza la madrugada del 8 de julio de 1975 y llevados en un Torino de color claro. Los detalles de su secuestro pudieron conocerse gracias a Jorge de la Cruz Agüero, un estudiante del Instituto Técnico quien casualmente vivía al frente y logró observar el suceso escondido entre unos arbustos, antes de ser encontrado y obligado a entrar en su casa, siendo previamente golpeado por los efectivos de la policía. Jorge desaparecería al año siguiente, dejando huérfana a su hija, Natalia Ariñez, histórica militante de la agrupación H.I.J.O.S Tucumán. También ella testificó el año pasado en este juicio por la causa de su padre.
El recorrido de Cristina y Maurice es incierto. Fue reconstruido en un principio por las averiguaciones que llevó a adelante la ex pareja de Maurice, Graciela Rosa del Valle González, madre de Pablo e Iván e histórica militante de Madres de Plaza de Mayo. Sara Raduski, gran amiga de Jeger, investigó por su cuenta y pudo confirmar que este seguía vivo hasta octubre de 1975.
Otro aporte importante es el de Horacio Méndez Carrera, abogado encargado por familiares de desaparecidxs con nacionalidad francesa, quien pudo aportar gran cantidad de información. En 1984 se presentó ante la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), agrupación en la cual Pablo milita actualmente. De esta manera pudo saberse que un fotógrafo del diario La Gaceta, de apellido Font, reconoció a la pareja y aseguró haberlos visto en el interior de la comisaría de Famaillá. Font se encontraba en la ciudad subido a un árbol, cubriendo los festejos de carnaval cuando pudo distinguirlos en el interior del edificio, que se encuentra frente a la plaza principal.
La desaparición de Maurice y Cristina causó gran conmoción en el ámbito de lxs trabajadorxs de prensa. Sus compañerxs de La Gaceta organizaron una comisión, la cual comenzó solicitando una reunión con el General Vilas, encargado del Operativo para aquella fecha. Roberto Juan García, periodista de ese diario, también dio su testimonio. Recuerda haber formado parte de la comisión, la cual publicó solicitadas, denunciando el el caso. Sumó su apoyo también la Asociación de Prensa de Tucumán (APT)  y el Círculo de Prensa. La presión finalmente logró que Vilas accediera a la reunión, pero durante la misma no mostró ninguna señal de reconocer el nombre del desaparecido. A propósito de esta lucha conjunta, se llamó a testificar al actual secretario general de la APT, Oscar Gigena, quien ratificó el reclamo en nombre del gremio. “La política del gremio es seguir la memoria viva de los compañeros desaparecidos. Nos interesa que se esclarezca esta desaparición. Hemos sufrido pinchaduras de teléfono, filtración de información, pero nuestro compromiso sigue firme”
Iván Jeger, el hijo menor, presentó ante el tribunal una carta escrita por su madre en el año 1984, dirigida al abogado Horacio Méndez Carrera, en la cual relata detalladamente los sucesos que vivió después del secuestro de Maurice.
En ella se cuenta principalmente la visita de un conscripto, quien no se identificó, a la casa su madre. El joven aseguraba conocer a Jeger de la Alianza Francesa y le confesó a Graciela haber visto a Maurice en la Escuelita de Famaillá, que se encontraba deshidratado y vomitaba sangre. El conscripto afirmaba haber visto allí a Vilas y a dos hombres más, uno de apellido Abba, posiblemente haciendo referencia a José Roberto Abba, actualmente imputado en la causa, acusado como partícipe y autor material de los delitos cometidos en perjuicio de 2 víctimas y del delito de asociación ilícita, y Capitán del Ejército para esa fecha, designado como Auxiliar en la sección jurídica. El otro hombre era oriundo de la provincia de Catamarca y su apellido era “Pino” o “del Pino”, según el soldado “éste ocupaba una posición de poder en el CCD, él decidía sobre la vida y la muerte de las víctimas, era un hombre particularmente cruel, quien usaba el nombre de guerra Miguelito”. Su nombre, su procedencia y su alias coinciden con la persona de José Enrique del Pino, actualmente imputado, y quien para 1975 tenía el rango de Teniente primero del Ejército, cumpliendo funciones en el Destacamento de Inteligencia 142 de Tucumán. Este destacamento tenía a su cargo las tareas de inteligencia del CCD La Escuelita de Famaillá. Es acusado como cómplice primario por 126 casos de privación ilegítima de la libertad con apremios y/o vejaciones, 124 casos de aplicación agravada de torturas, 6 casos de delitos sexuales y 40 casos de homicidios triplemente agravados. Todo ello en concurso real con la comisión como autor material del delito de asociación ilícita.
Iván Jeger, hijo menor de Maurice, fue el último testigo de la audiencia del jueves 16 de febrero. Se mostró orgullosos de su militancia, siendo parte de la agrupación H.I.J.OS casi desde su fundación. Agradeció a sus compañerxs y terminó recitando un poema que su padre escribió poco tiempo antes de desaparecer:

“Tengo miedo de la muerte y del sepulturero.
Quisiera quedarme sobre la tierra
y no bajo tierra.
Siento el humus.
Ya no puedo caminar.
Qué misterio todo eso.
Hay que terminar brillantemente”

Solo agregó una última palabra. “Justicia”.

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